Vencidos
Hoy es un día especial: cuento con la primera colaboración en mi blog. La de un amigo, un compañero, un soñador...Fran. Aunque nos conocemos desde hace un montón de años, últimamente nuestro espíritu idealista nos ha unido un poco más. Gracias compañero, por hacerme tal honor. Espero que lo disfrutéis.
“Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar”
(León Felipe)
“Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar”
(León Felipe)
Quizás el momento más triste que vivió don Quijote fue el de la derrota, cuando se supo vencido y deshonrado. Y no lo fue solo por ver cómo el Caballero de la Blanca Luna lo derrotaba en la playa de Barcelona. No, fue peor aún ser consciente, con el último golpe de la vida, de que llevaba tiempo viviendo en una farsa, en un engaño, en un falso sueño idealista.
Don Quijote paseó orgulloso su idealismo por las tierras manchegas y españolas siempre queriendo hacer un mundo mejor de la época en que le tocó vivir. No soportaba el sufrimiento, el dolor o las injusticias y, desde que partió por primera vez de su casa envuelto en la locura, se puso el mundo por montera (o por yelmo) y se dispuso a desfacer entuertos.
¡Qué loco estaba aquel que se dispuso a darlo todo por los demás! ¿Acaso eran aquellos malos tiempos para los idealistas? ¿Acaso son estos malos tiempos para los idealistas? El viejo hidalgo murió tras haber recobrado la cordura (¿o quizás más loco que nunca?), tras volver a la realidad, aunque con la extraña sensación de haber luchado hasta el fin y no saber si había vencido.
El ya recuperado Alonso Quijano fue consciente de lo duro que es luchar por tus ideales y chocarte siempre contra el muro de la realidad, del pragmatismo. Fue consciente de que siempre habrá un Sansón Carrasco que te golpeará con la espada de lo utilitario. ¿Tan malo es creer en que todo puede ir mejor? ¿Tan malo es soñar con cambiar el mundo?
¡Malos tiempos para la lírica! Son malos tiempos, sin duda, para aquellos que disfrutan de un buen libro, de una buena canción o de un buen poema, porque, total, ¿para qué sirve? ¿Qué beneficio material o tangible podemos obtener de aquello que solo sirve para alimentar el espíritu? No, me niego a asumir que hayamos perdido tan fácilmente. Me niego. Aunque me digan continuamente que debemos educar en la iniciativa emprendedora, en la utilidad, en el provecho práctico… ¿Y el alma para cuándo?
Recuerdo unos versos de una canción de Asfalto, mítico grupo nacido en los 70:
“Pobre hidalgo, cómo luchó,
quiso cambiar el mundo por sus sueños.
No comprendieron, se rieron de él”.
Exactamente. Esa es la clave. Se rieron de él. ¿Por qué? Precisamente porque no comprendieron al viejo hidalgo que cabalgaba “cargado de amargura”. Igual que hoy nos reímos de aquel que se monta en el más destartalado Rocinante y se enfrenta a quien sea para dejar un mundo mejor a los que vienen detrás. Y nos reímos por una sencilla razón: porque somos incapaces de comprender qué hay detrás de esos idealistas. Somos tan pobres de espíritu que preferimos reírnos de ellos o incluso humillarlos antes que intentar entender al que intenta ayudarnos.
Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Seguir luchando por aquellos ideales en los que creemos o claudicar? ¿Seguir soñando con desfacer entuertos o rendirnos en la playa de Barcelona? ¿Vivir con un don Quijote en nuestro interior o convertirnos en el más pragmático Sancho Panza?
¿Darnos por VENCIDOS? Por mi parte, seguiré creyendo en que todo puede mejorar, en que, bajo los adoquines, aún queda arena de playa.
Fran Fernández González


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