Historia de un bolso
A veces, uno realiza un hallazgo cuando no lo está buscando.
Alexander Fleming, científico británico.
Normalmente, los objetos más simples son los que mayores tesoros esconden. Lo comprobé el otro día. Abrí el armario, nada más levantarme de la cama, con la única intención de cambiar de bolso. No porque quisiese conjuntarlo con mi ropa de ese día. No. No porque lo que iba a llevar no me cabía en el que ya tenía preparado. No. Sino con el único objetivo de expandir mi mente.
Seguro que hay gente que me entiende y otra que no, pero cambiar de bolso para mí conlleva limpiar mi mente de todas las cosas pendientes que ya he hecho, de jornadas de mucho trabajo o del ritmo frenético de la vida. Así que tenía que decidir qué bolso coger. ¿Tarea fácil? Pues no. Tengo más bolsos que zapatos tenía Imelda Marcos. Y, además, mi armario no es la panacea del orden.
Miré. Saqué. Tiré al suelo...Ya está. Quiero este. Hace un siglo que no lo uso. Este seguro que me va bien con todo.
Guardé los demás, de nuevo, apilados de cualquier manera en el armario (y pensé: lo tengo que colocar sí o sí) y me dispuse a hace lo siguiente que mi ritual de elegir bolsos exige: sacar los papeles viejos y las "porquerías" que hay dentro y ya no sirven para nada: tickets pasados, entradas de cine, pintalabios, salvaslips, clips, llaves de sitios desconocidos...En fin, Mary Poppins hubiese pecado de minimalista a mi lado.
Fue entonces, en aquel comienzo de limpieza rápida, cuando reencontré retazos de mi vida y caí en el minúsculo detalle de que, a veces, los objetos nos trasladan a lugares y tiempos lejanos en los que vivimos experiencias que quedaron amontonadas, juntas y revueltas en un espacio pequeño. Tan insignificante como el bolsillo interior, con cremallera, de mi bolso.
Miré en el interior oscuro de ese bolso. Miré en el bolsillo de cremallera de dentro. Habían pasado no sé cuántos años desde que no lo usaba.
Encontré una foto arrugada de Triana en la incubadora y otra de Mario, un poco más nueva, de carnet, de cuando había que hacer la prematrícula para el primer curso de cole. Había también un abanico que me dieron en una boda y que me servía para ventilarme en pleno invierno de 2013, cuando estaba embarazada de los mellizos y me daban unos sofocos que me moría (¿serían las hormonas?), sobre todo cuando viajaba en coche. Encontré también una entrada de cine: "Tristán e Isolda". Cines UGC Cinecité. Equinoccio Zaratán. La madre que me parió...Andar tres kilómetros para ver esa película oyendo los cascos de un discman a medias con dos amigas...Una, al llegar, se durmió (lógico) y no vio ni peli ni nada. Un CD con los grandes éxitos del verano de 2003, cuando fui quinta, entre los que estaba "Loca" de Malena Gracia. Un llavero del taller donde trabajaba mi padre con el escudo de Villalón. El reloj de imitación de un Casio que me compré en Stradivarius antes de sucumbir al original. El ticket y la garantía de autenticidad de mi primer anillo de Tous, ese del oso gigante...(ahora que ha sido noticia, ya es casualidad).
Más cosas que se agolpan todas juntas y con palabras desordenadas en mi mente: más tickets, fotos de carnet que nunca aparecieron cuando las buscaste. Pero, qué mona estabas con esa melena tan larga. ¡Y tenías la cazadora que perdiste una noche de fiesta en "El Capitán Garfio! Y aquel disco de los "Happening". Mira dónde andaba... Ahora solo falta que aparezca "Musti", el muñeco perdido en un puente de la Constitución, con bombero incluido, dentro del forro. Entonces sí que el bolso sin fondo sería perfecto.
La casualidad es un desenlace, pero no una explicación.
Jacinto Benavente, escritor español.



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