Los espíritus vulgares no tienen destino
"(...)Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo,
y un maestro
en refrescar manzanilla.
Cuando mermó su riqueza,
era su monomanía
pensar que pensar debía
en asentar la cabeza.
Y asentóla
de una manera española,
que fue casarse con una
doncella de gran fortuna;
y repintar sus blasones,
hablar de las tradiciones
de su casa,
a escándalos y amoríos
poner tasa,
sordina a su desvaríos.
Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
—¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno"
(...)
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
las yertas manos en cruz,
¡tan formal!,
el caballero andaluz.
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
las yertas manos en cruz,
¡tan formal!,
el caballero andaluz.
- Inés.
- Me llamo Adelma, imbécil.
- ¿Has vuelto para salvar mi alma? Te advertí claramente que no volvieses a pisar por aquí si no era para eso.
- Y yo te dije que volvería cuando me diese la gana.
- Libérame y te dejaré en paz. Si no, ya sabes que esto que acaba de ocurrirte es lo menos a lo que te enfrentas. Aquí no eres bien recibida.
- Lo sé...Y me importa una mierda.
- Tú verás. Pero yo tomaré otras medidas. Tengo muchos "amigos".
- ¿Los mismos que cuando estabas vivo? ¿O han cambiado?
- No te burles de mí, zorra. Y cíñete al guion establecido.
- Ya te lo he explicado muchas veces: Tú no eres don Juan Tenorio. Si acaso, don Guido. Y yo no me llamo Inés.
Al decir aquello, Germán Villa desapareció sin dejar rastro. Aunque su aroma nunca se desvanecía tan rápido como él mismo.
- Narcisos. Para variar- se dijo Adelma en voz alta. Este tipo no tiene solución.
El olor a narciso había acompañado a Germán Villa toda su vida y Adelma conocía bastante de aquella historia. De su niñez, marcada por un suceso traumático del que nunca consiguió liberarse, su adolescencia perpetua, sembrada de conquistas femeninas para camuflar su verdadera identidad, su enfermedad, su propia muerte...
Adelma, sin embargo, olía a amapolas. Y eso a él no le gustaba. Le recordaba la pureza, la sencillez, la elegancia. Todo lo bello de lo silvestre del campo. Y la ingenuidad. Todo aquello de lo que él carecía.
Detrás de aquellos ojos negros había dolor, sí, pero sobre todo, ternura, sol, olor a flores frescas recién cortadas, a tierra mojada después de una tormenta. Y a espíritu de lucha.
Su color: El rojo. De las amapolas y de las rosas. De las batallas, de la sangre y de la guerra. El color del valor, los sueños y la libertad. El rojo de su linaje.
- Menudo gilipollas. Otra vez con lo de Inés.
- Adelma, ¿Con quién hablas?
- Vaya susto, Lucía. Con nadie. Yo sola. Ya me conoces. Es que...Mira lo que me acaba de pasar.
- Pero, ¿Ya estamos? Si solo sabía yo que ibas a venir.
- Había alguien más, seguro. ¿Dónde vas tú a estas horas? ¿Y con este calor?
- A la iglesia. Tengo que abrir porque ahora, en un rato, hay un funeral.
- ¿Quién ha muerto?
- Pues no te lo vas a creer. Blanca Almenar.
- ¡No me digas!
En aquel preciso instante, Adelma supo interpretar esos instintos y esa corazonada extraña que le había llevado a Carracosa de nuevo. Y solo le salió del alma decir en alto una cosa.
- Y va y muere el día de la Virgen. Esto sí que tiene guasa.
"Clamé al cielo, y no me oyó. Mas, si sus puertas me cierra, de mis pasos en la Tierra responda el cielo, no yo".
José Zorrilla. Don Juan Tenorio



Los personajes vulgares también tienen su sitio en el imaginario popular a nuestro pesar, aunque sea sólo para vilipendiarlos y como escarnio. Son igualmente necesarios para contrapesar y destacar los espíritus nobles. Si no existieran donjuanes no apreciaríamos ni entenderíamos la nobleza, la inocencia y la sencillez del alma humana. Los griegos, que son nuestros padres culturales, ya crearon la tragedia donde lo vulgar y lo divino, lo tosco y lo sublime iban unidos de la mano como hermanos en el destino fatídico de sus tragedias mundanas. Es el juego de la eterna dualidad: belleza y fealdad, bondad y maldad...
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