Adelma
No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida.
J.R.R. Tolkien, escritor británico.
Adelma pensó entonces que lo mejor de irse siempre es volver. Y ver cómo ha cambiado todo. Por qué. Mirar viejas caras conocidas y no ver nada. Ni entender nada. Ella, que tenía la capacidad de ver a través de las apariencias y de mirar más allá de los demás, no conseguía ver absolutamente nada en aquel lugar. Niebla. Solo niebla. Y a Germán Villa.
Sin embargo, recordaba con extraordinaria nitidez el día exacto en el que se fue: Su coche cargado de objetos que no le importaban nada. Un maletero pequeño repleto de cajas mal cerradas. Un vestido largo, unas gafas de sol enormes. Unos ojos negros escondidos tras ellas. La promesa de algo más.
Siempre fue exageradamente sencilla para lo que el resto de la gente pensaba: Quitarse el reloj los viernes al llegar a casa y no ponérselo hasta los lunes por la mañana. Eso era lo que más le gustaba en el mundo. Eso, y desprenderse de según qué pares de botas con mucho tacón cuando regresaba después de una noche bailando.
A Adelma, sin embargo, no le gustaba nada esperar. Y, a pesar de ella misma, llevaba toda la vida esperando. Esperando, al principio, por alguien. Y luego, por algo. Algo que ni ella misma sabía lo que era. Pero su sino era esperar. No se sentía cómoda ni segura si no era en la espera.
Tenía los ojos castaños y grandes. Y quienes la conocían, sabían bien que asomarse a ellos tenía sus ventajas y sus inconvenientes. Porque Adelma no era una persona de medias tintas, ni de grises. No era de NS/NC. Adelma era de SÍ o NO, con todo lo que eso conllevaba. Y nunca daba marcha atrás. Aunque supiese que se estaba equivocando.
Llegar a Adelma era muy difícil. Salir de Adelma, prácticamente imposible. Nunca supo por qué, pero su carácter y personalidad, forjado a lo largo de generaciones, eran observados, temidos y admirados a partes iguales. Para bien o para mal.
La definían, además de su mirada, su olor y su sonrisa pícara e irónica, reflejo de su escéptica forma de ser. No siempre había sido una descreída pero, desde luego, en este momento de su vida, lo era. Al menos en apariencia.
Porque, en apariencia, Adelma siempre fue una mujer extremadamente ambiciosa y fuerte. En apariencia. Y esa apariencia, en plena crisis de los 40, ya le iba pesando. Teniendo en cuenta que solo ella podía pasar la crisis de los 40 a los 35. No había hito vital que viviera en su momento lógico. La mayoría se le adelantaban bastante.
Aquel día en el que volvió a sus raíces y tantos recuerdos y sucesos nuevos se agolparon en su mente, se dio cuenta de algo que había leído.
- Faulkner, recordó- Los estados del sur. Carracosa. Germán Villa. La muerte. Toda este gente arrastra tanto aún...Yo también.
El pasado no está muerto. No es ni siquiera pasado.
William Faulkner, escritor estadounidense.


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