Calima

Discúlpeme, no le había reconocido. He cambiado mucho.
Oscar Wilde, escritor irlandés.

    En la vida y en el mundo nada es eterno. Y a estas alturas de la película de ciencia ficción en la que vivimos inmersos desde hace dos años, no hay nadie que no lo sepa. Ahora bien, hay muchos que intentan no saberlo.

    A mí, personalmente, los cambios me gustan, aunque sé perfectamente cuando llegan a mi vida que van a ser una revolución total de la cual me va a costar salir pero de la que voy a salir siendo otra persona, a la postre, una versión bastante mejorada de mí misma. Por eso me gustan. Suponen un gran desafío y los desafíos me apasionan porque implican una lucha interna con uno mismo en la que el "yo antiguo" muere para dejar paso al nuevo. Un renacer en toda regla, vamos. Sin necesidad de reencarnación.

    Pocas veces había pensado yo, hasta esta semana pasada, en la influencia de los fenómenos meteorológicos en la vida de las personas, tengo que decirlo. Siempre había oído eso de cómo afecta el viento de Levante, el Cierzo, los Alisios e incluso el Santa Ana en California, pero nunca había sentido que pudiera ser algo real, quizá porque no he vivido nunca en ninguna de esas zonas geográficas donde, según se dice, su impronta imprime carácter, personalidad e incluso grandes cambios en los seres humanos.

    Pero estos días, con la llegada de la calima a latitudes donde nunca antes había llegado, por obra y gracia de la borrasca Celia, me he dado cuenta de que el viento ha traído arena roja del desierto del Sáhara (muy buena para fertilizar los campos, según los expertos, pero que nos ha llenado las casas de mierda hasta la bandera) y se ha llevado muchas otras, al menos en mi caso.
Cosas pesadas que, de repente, ahora ya no están. Como si yo me hubiese vuelto arena roja del Sáhara y me sintiese tan sumamente ligera como para volar cientos y cientos de kilómetros. Y es que, volviendo al símil del principio, toda borrasca, tormenta, huracán o viento salvaje es molesto y llena de mierda todo. Sí. Destruye, incluso. Pero te obliga a limpiar, rehacer, recomponer y hasta, en según qué momentos como este de la calima, a sacar la Karcher de donde la tenías confinada desde hace años y quitar  tal capa de polvo, barro y arena que no eres capaz ya ni de reconocer tu coche, tu casa, la repisa de la ventana o a ti misma.



    Parafraseando a la Vecina Rubia, así, sin anestesia, culpo (para bien) a la calima de haberme hecho limpiar en profundidad mi balcón, de haber puesto un filtro naranja en el ambiente, de haber quitado, otra vez, calidad al aire que respiramos, de haberme hecho vivir otro fenómeno inédito (por si ya llevase pocos a la espalda...), de haber subido la temperatura invernal a 21º durante días y, sobre todo, de haberse llevado mierda "del año que lo pidas".

Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña.
Heráclito de Éfeso, filósofo griego.



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